«La Academia de los Premios Grammy Latino debe pedirle disculpas a la República Dominicana y a los valores auténticos del merengue y la bachata», asegura el veterano productor Luis Medrano.
Me sumo sin reservas al reclamo que Prince Royce lanzó ayer, al señalar que en la categoría de mejor álbum de merengue y bachata no aparece ni una sola producción que sea realmente bachata. Hablo también en nombre de muchos que comparten esa percepción, pero que guardan silencio por temor a perder futuras nominaciones, contratos o puertas abiertas. Yo no siento ese miedo; lo que siento es dolor, y ese dolor lleva el nombre de merengue, bachata y República Dominicana.
La Academia tiene la obligación de dar explicaciones, sobre todo a nosotros. Merengue y bachata no son simples renglones de una premiación; son dos de los géneros más influyentes que el Caribe ha generado, con una creatividad y diversidad que no pueden resumirse en lo que presentaron este año. Lo que se exhibió allí no suena a merengue en toda su magnitud ni a bachata en su profundidad; suena a algo más, vestido con la etiqueta de nuestros ritmos. Para quien ha crecido con esa música, eso no es un simple despiste, es una falta de respeto a nuestra gente y a los creadores que forjaron esos sonidos con sangre, sudor y talento puro.
El vacío se hace aún más evidente al observar la ausencia de nombres como Luis Miguel del Amargue, El Blachy, El Rubio del Acordeón o El Chaval de la Bachata, cuyas producciones resuenan en las calles hoy mismo. Tampoco aparecen leyendas vivas de la bachata como Leonardo Paniagua o Luis Segura, pilares de nuestro patrimonio musical. Resulta ilógico, sobre todo cuando la misma Academia sí abre espacio a veteranos de otros países según el peso de sus mercados y sus intereses.
Los verdaderos ídolos de la bachata tampoco aparecen: Anthony Santos, Raulín Rodríguez, Zacarías Ferreira y Marino Castellano están ausentes, al igual que Elvis Martínez y Lupe Valerio, que merecen el reconocimiento de sus aportes al merengue. Ni Bonny Cepeda ni Héctor Acosta figuran en la lista. Me pregunto si solo reconocerán a los grandes cuando ya no estén, cuando sea demasiado tarde para que los disfruten.
Hay un artista que la República Dominicana no puede seguir dejando de lado: Wason Brazobán, líder y referente de la música romántica dominicana durante veinte años, tanto aquí como en los mercados latinos de EE. UU. Es cantautor, compositor y arreglista de tal magnitud que no admite excusas. La Academia parece querer que los artistas le rueguen una nominación, cuando debería ser al revés: la institución debe buscar a los valores reales y auténticos si aspira a ser justa. Si no lo hace, ha perdido su razón de ser, atrapada por intereses que la manipulan y que ella misma parece no reconocer.
Omega, la cara más exitosa de la modernidad del merengue, que le inyectó colores nuevos sin traicionar su esencia, también falta. Josie Esteban, el Conjunto Quisqueya y la legendaria banda Víctor Roque y la Gran Manzana están ausentes. La pregunta es: ¿qué está sucediendo dentro de la organización?
Resulta imposible que no se haya incluido a Fernando Villalona, el Mayimbe, ídolo de seis generaciones, ni a Peña Suazo, Pochy Familia, Quinito Méndez o Diony Fernández, uno de los grandes arreglistas de nuestra música. Tampoco se reconoce a Ramón Orlando en su cincuenta aniversario, ni a José Manuel Calderón, creador del ritmo de la bachata, que aún espera su lugar en la historia. Ala Jaza, quien elevó el merengue a su nivel más alto en tiempos recientes, tampoco figura.
Algo está ocurriendo en los Grammy Latino, y ese algo tiene nombre aunque nadie lo pronuncie en voz alta. Alguien, desde algún punto de la industria, está perjudicando al merengue y a la bachata auténticos, al folclore y a la verdadera calidad, mientras la Academia se jacta de premiar la excelencia sin considerar a quienes realmente la sostienen.
No puedo pasar por alto a Fefita la Grande, patrimonio folclórico de la humanidad, cuyo talento y carisma no tienen comparación en el continente y que sigue sin recibir los máximos honores de esa Academia. Lo mismo ocurre con figuras del merengue típico como Yovanny Polanco, Krisspy, Kiko el Presidente, Banda Real y Narciso, el Pavarotti, entre muchos otros que quedan fuera.
Por todo lo anterior, exijo una investigación exhaustiva de lo que parece ser una coordinación entre disqueras, productores, arreglistas y artistas para manipular esas categorías en beneficio de un sector determinado. La Academia debe elaborar de inmediato un inventario serio de lo sucedido y ofrecer una explicación pública. Esta nominación no es correcta, y no hallo otra explicación que no implique algún tipo de manipulación.
No se le puede permitir a una institución que se presenta como seria, honesta y transparente jugar con la carrera de tantos artistas y con la dignidad de ritmos tan grandiosos como el merengue y la bachata. Detrás de cada nominación hay años de vida entregados por compositores, arreglistas, diseñadores, realizadores de video y fotógrafos, un ejército silencioso que sostiene la música para que llegue al mundo entero. Esa gente merece un proceso justo, no un ejercicio de conveniencia comercial disfrazado de mérito artístico.
Excluir o no valorar adecuadamente a figuras como Wilfrido Vargas, Miriam Cruz, Eddy Herrera, los hermanos Rosario, Romeo Santos, Prince Royce, Frank Reyes y muchas otras estrellas, como Eudis el Invencible, es una falta de respeto al propio premio que dice representarlas.
Reflexión letal de Luis Medrano: Mantengan la fe, sean buenos siempre. Y el que no tiene gratitud no merece estar vivo.


