Hay decisiones que trascienden la mera simpatía o antipatía hacia un medio de comunicación.
El mandatario anunció la prohibición de ingreso a la Casa Blanca para CNN, MS NOW y Politico, argumentando que difunden “fake news”, lo que genera una reflexión profunda sobre lo que sucede cuando el poder decide quién tiene permiso para cubrirlo y quién no, sobre todo si la cobertura resulta incómoda para la administración.
La Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos dispone que el Congreso no podrá aprobar normas que restrinjan la “libertad de expresión o de prensa”. Esa disposición no es cualquier frase; constituye uno de los fundamentos sobre los que se erigió la nación y una salvaguarda esencial contra los excesos del Gobierno.
Un presidente tiene la facultad de cuestionar información, señalar errores, responder a un periodista o criticar enérgicamente a un medio. No obstante, emplear el acceso a la Casa Blanca como respuesta a lo que publique un medio abre un abanico de interrogantes mucho más delicados.
Estados Unidos cuenta con una tradición robusta de periodismo investigativo. Basta rememorar el caso Watergate, en el que Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post, siguieron durante meses los vínculos entre el allanamiento de la sede del Partido Demócrata y la campaña de reelección de Richard Nixon. Su trabajo desencadenó investigaciones del FBI, del Congreso y de la judicatura, culminando con la renuncia de Nixon en agosto de 1974 mientras se avanzaba un proceso de destitución en la Cámara.
Por ello, lo que está ocurriendo merece una atención cuidadosa. No se trata simplemente de CNN, MS NOW o Politico; mañana cualquier otro medio podría ser el objetivo. La prensa puede equivocarse y, cuando lo hace, debe corregir sus errores, pero su misión no es complacer al gobierno en funciones. Su rol es interrogar lo que incomoda, indagar aquello que algunos quisieran mantener fuera de los titulares y exigir respuestas a quienes detentan el poder.
La verdadera prueba de la libertad de prensa se da cuando protege al periodista que molesta, al que insiste y al que formula preguntas difíciles. Si solo defendemos esa libertad cuando coincidimos con lo publicado, entonces su esencia se diluye. La historia de EE.UU. ya ha demostrado por qué una prensa capaz de investigar al poder es indispensable, y precisamente por eso la situación actual no debería considerarse menor.


