Cuando imaginas el escenario universitario, dentro del tren administrativo se visibiliza a
rectores, vice rectores, decanos, grupos estudiantiles, asociaciones gremiales. Lo menos
cercanos dentro de este contexto resulta la figura del administrador que ejerce un poder
silencioso en el manejo de los procesos administrativos, informaciones valiosas que
actúan directamente en la toma de decisiones institucionales y la ejecución de políticas
que contribuyen al buen manejo y funcionamiento universitario.
Su función en todos los estamentos tanto públicos y privados, no es siempre
evidenciado. Es una realidad que la composición de la estructura, el responsable de una
gestión efectiva es exclusivamente del administrador.
En todos los tiempos ha existido la necesidad de administrar, tanto es así, que las
civilizaciones antiguas, como los sumerios, egipcios, romanos, griegos etc. de forma
empírica buscaban la manera de gestionar y resolver los problemas de la época. Ese
empirismo venia dado por la carencia natural de encontrar soluciones mediáticas a las
necesidades primarias, problemas sociales y manejo de conflictos grupales, lo que
resultaba complejo para crear un escenario de repuestas futuristas que vislumbrara
soluciones absolutas a mediano y largo plazo.
En esas instituciones públicas informales, donde se producía y distribuía los bienes de
consumo la figura del administrador jugaba su rol de equidad en el manejo de la
eficiencia y eficacia de los recursos.
El aumento de las actividades y demandas sociales con el crecimiento de la población
fueron en crecimiento, lo que conlleva a un cambio de administrar, de forma empírica a
la utilización de la administración científica para resolver problemas reales que los
métodos tradicionales no podían solucionar. Es donde nace la administración científica
planteada por Henrry Fayol y Frederick Taylor conocidos como los padres de la
administración científica, presentando a las empresas un objeto de estudio que son las
organizaciones, aplicando los principios, técnicas, reglas, procedimientos para aumentar
la productividad, el manejo efectivo de los procesos y las entradas y salidas de los
Desde una perspectiva académica, la comprensión de los roles del administrador en la
política universitaria puede fundamentarse en los aportes de Henry Mintzberg, quien
plantea que el poder en las organizaciones no se limita a la autoridad formal, sino que se
distribuye en múltiples niveles a través de redes de influencia. En este sentido, el
administrador universitario ocupa una posición clave, al articular decisiones, coordinar
recursos y traducir la visión política en acciones concretas.
En la dinámica universitaria, el administrador no solo ejecuta políticas; también las
moldea. Su control sobre los flujos de información, los procedimientos administrativos
y la asignación de recursos le permite incidir, de manera indirecta pero efectiva, en las
decisiones estratégicas. Esta capacidad se alinea con lo que la teoría organizacional
denomina poder técnico y poder informacional, dimensiones que, aunque no siempre
visibles, son esenciales para la gobernanza institucional.
Asimismo, las universidades, concebidas como organizaciones complejas, responden a
estructuras que combinan elementos burocráticos y profesionales. En este contexto, el
administrador actúa como mediador entre la lógica académica y la lógica administrativa,
equilibrando intereses, gestionando conflictos y garantizando la operatividad del
sistema. Tal como señala la teoría de las configuraciones organizacionales, estas
instituciones requieren mecanismos de coordinación que trascienden la jerarquía formal,
lo que incrementa la relevancia del rol administrativo.
No obstante, este poder silencioso plantea desafíos éticos y de transparencia. La
influencia ejercida desde lo técnico puede derivar en prácticas discrecionales si no se
sustenta en principios de rendición de cuentas y gobernanza democrática. Por ello,
resulta imprescindible fortalecer
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El poder silencioso: el administrador en la política universitaria
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