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    Home»Nacionales»La Silla que Duarte dejó Vacía
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    La Silla que Duarte dejó Vacía

    denysantoBy denysantoseptiembre 12, 2026No hay comentarios5 Mins Read
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    Al atardecer de una jornada en Santo Domingo, Gabriel, de 22 años, técnico de formación y portador de varios currículos que jamás recibieron respuesta, arribó al Altar de la Patria. Se acomodó frente a los monumentos de Duarte, Sánchez y Mella y, con cierta amargura, proclamó:

    —Ustedes soñaron una patria que todavía no existe.

    Un hombre mayor, que barría despacio el sitio, alzó la vista y replicó:

    —¿Estás seguro de que no existe?

    Gabriel, señalando el entorno, enumeró: «Mire alrededor: injusticias, desempleo, inseguridad, jóvenes que quieren marcharse, niños abandonados, envejecientes desamparados y ríos contaminados. ¿Esta es la República que soñó Duarte?», y el anciano, apoyando la escoba contra la pared, se sentó a su lado para responder.

    —Tal vez la pregunta no sea si esta es la patria que Duarte soñó, sino qué estamos haciendo nosotros para construirla.

    Del bolsillo del joven sacó una pequeña llave antigua y dijo:

    —Ven conmigo. Quiero mostrarte algo.

    Ambos caminaron hasta una casa antigua de la Ciudad Colonial. El anciano abrió una puerta de madera y los condujo a una estancia modesta donde reposaba una mesa rodeada por nueve sillas. En ocho de ellas estaban grabados los nombres de los fundadores de La Trinitaria; la novena permanecía sin inscripción.

    —¿De quién es esa silla? —preguntó Gabriel.

    —Es la silla que Duarte dejó vacía.

    —Para cada dominicano dispuesto a continuar su obra.

    Al tocar el respaldo, Gabriel sintió que la silla había aguardado durante mucho tiempo. El anciano prosiguió:

    —Pero ¿qué puede hacer un ciudadano frente a tantos problemas?

    —Todo cambio comienza cuando alguien deja de preguntar quién vendrá a salvar la patria y decide preguntarse qué puede hacer por ella.

    Sobre la mesa reposaba un cuaderno. En su primera hoja se leía la interrogante: «¿Cómo construiremos una República verdaderamente justa?». El anciano explicó que la justicia debía acercarse al pueblo y que se estudiaría la implantación de un sistema de jurado, donde los ciudadanos determinarían culpabilidad o inocencia, mientras los jueces velarían por el debido proceso y la legalidad.

    Continuó diciendo que la descentralización progresiva y la creación de policías municipales profesionales, cercanos a la comunidad y supervisados por la ciudadanía, reducirían los abusos y generarían mayor confianza.

    En la página siguiente, otra pregunta: «¿Cómo crearemos empleos y oportunidades para todos?». El anciano respondió:

    —Produciendo. Una nación no progresa solo repartiendo lo que posee; avanza cuando aprende a generar riqueza.

    Describió una República Dominicana con una Flota Mercante Nacional, una Flota Pesquera sostenible, industrias procesadoras en cada provincia, fábricas de equipos solares, eólicos y tecnológicos, y universidades vinculadas a la producción. Además, subrayó la necesidad de formar a los jóvenes en robótica, microelectrónica, mecatrónica, biotecnología y nuevas tecnologías, para que cada ciudadano pueda estudiar, aprender un oficio, obtener financiamiento y montar su propio negocio.

    Al leer, Gabriel dejó de percibir los problemas como muros y los vio como puertas por abrir. El anciano añadió que, si la producción aumentaba, las empresas crecerían y podrían pagar salarios dignos, recordando que la verdadera riqueza de una nación reside en la prosperidad de su gente.

    Una página mostraba fotos de niños, ancianos, ríos y montañas. Gabriel preguntó:

    —¿Qué significa esto?

    El anciano respondió que el progreso debía tener corazón: alimentar y educar a los niños, proteger a los mayores y garantizar oportunidades a las familias vulnerables; que una nación que abandona a sus niños destruye su futuro, y que olvidar a los ancianos es menospreciar la propia historia.

    Señaló también imágenes de bosques y costas, añadiendo que no se puede proclamar amor a la patria mientras se contaminan ríos, se destruyen montañas y se ensucian playas, pues la bandera representa tierra, agua y cielo que deben cuidarse.

    El anciano describió una movilización nacional en la que estudiantes, militares, empleados, pensionados, empresarios y organizaciones comunitarias trabajarían en la recuperación de ríos, reforestación de cuencas y protección de costas. Además, propuso un servicio militar obligatorio que brindaría a los jóvenes educación técnica, disciplina y formación ciudadana, mientras participaban en labores de protección civil, reforestación, emergencias y servicio comunitario.

    —La patria no necesita jóvenes resignados —afirmó—. Necesita jóvenes preparados para servir, producir y dirigir.

    Gabriel, al cerrar el cuaderno, expresó:

    —Todo eso parece posible, pero hace falta un líder que lo haga.

    El anciano negó con la cabeza y aclaró que, aunque se necesita liderazgo, ningún dirigente puede lograrlo solo; Duarte contó con Sánchez, Mella y los trinitarios, y estos, a su vez, con el pueblo. Las grandes transformaciones son fruto de una ciudadanía despierta.

    Continuó diciendo que la silla simboliza al ciudadano que critica y propone, que exige derechos y cumple deberes, que rechaza la corrupción y no la practica, que demanda limpieza y no ensucia, que busca justicia sin privilegios y que desea oportunidades mientras se educa, trabaja y emprende.

    Gabriel preguntó:

    —¿Puedo sentarme?

    —La silla siempre ha sido tuya.

    Se acomodó y, en la última hoja del cuaderno, escribió: «Me comprometo a no abandonar el sueño de la patria». Al día siguiente regresó al Altar acompañado de estudiantes, emprendedores, deportistas, profesionales y jóvenes que aún buscaban oportunidades; no vinieron a lamentarse, sino con propuestas de reforestación, clubes de emprendimiento, capacitación y protección de espacios públicos.

    Al intentar agradecer al anciano, descubrió que nadie lo conocía. Regresó al Altar y halló la pequeña llave antigua sobre la estatua de Duarte, comprendiendo que tal vez el hombre había sido un cuidador, su propia conciencia o el espíritu de una patria que se niega a morir. Observó a los jóvenes caminando por el parque y ya no vio indiferencia, sino una fuerza contenida, paciencia reprimida y esperanza creciente.

    El sueño duartiano sigue vivo en cada dominicano que anhela justicia, oportunidades y progreso; en cada joven que se rehúsa a abandonar su país y en cada ciudadano dispuesto a transformar la crítica en participación y la esperanza en acción. La República Dominicana que aspiramos no llegará como un regalo; habrá que pensarla, producirla y construirla en conjunto. La silla permanece vacía, esperando a quien la ocupe, porque la patria no ha renunciado a su sueño.

    ¿Y usted, está dispuesto a ocupar su lugar?

    Chris Duarte Desarrollo Comunitario Efemérides Patrias juventud Participación Ciudadana
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